Fecha de publicación: 26-ago-2019

Psicología Clínica D'Monteclaro

Aunque el infiel experimenta un cóctel de sensaciones dolorosas (culpa, miedo, reproches, inseguridad), la víctima del engaño sufre mucho más.

Cuando se descubre la traición, aparece un enredo emocional difícil de precisar: depresión, resentimiento, ira, hostilidad, ansiedad, decepción, venganza, envidia, soledad, aislamiento, frustración y una baja fulminante en la autoestima. La opción de no saber qué pasa tampoco es muy lisonjera, porque de todas maneras se percibe el alejamiento afectivo y la frialdad de la pareja, la infidelidad puede ser invisible, pero siempre se siente. Hay una sospecha encubierta, una vocecita que susurra al oído: “Algo anda mal”.

Pero el ataque más impactante de la infidelidad lo sufre la confianza. La lealtad sufre una paliza despiadada y te llevas ambas manos a la cara mientras te ahogas en el asombro de la mentira inesperada: “Ya no sé si podré confiar nuevamente en ti” o “¿cómo fuiste capaz de herirme de esa manera?”.

La certeza de estar con alguien confiable es fundamental para establecer cualquier vínculo interpersonal saludable. Si queremos entregarnos verdaderamente y construir una buena relación de pareja, los humanos necesitamos un entorno emocional seguro. Si no obtenemos esta garantía primaria, el amor comienza a patinar.
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